Tuesday, May 12, 2009

Jerome K. Jerome - "Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro)"

CAPITULO PRIMERO (Fragmento)


Tres inválidos. Sufrimientos de George y Harris. Víctima de ciento siete enfermedades mortales. Recetas útiles. Cura para las afecciones hepáticas infantiles. Acordamos que sufrimos de exceso de trabajo y necesitamos descanso. ¿Una semana en el mar proceloso? George sugiere el río. Montmorency presenta una objeción. Moción original aprobada por mayoría de tres a uno.
Eramos cuatro: George, William Samuel Harris, yo y Montmorency. Estábamos sentados en mi habitación, fumando y charlando sobre lo malos que nos encontrábamos... malos desde un punto de vista médico, naturalmente.
Todos nos sentíamos enfermos, lo que nos estaba poniendo bastante nerviosos. Harris dijo que a veces le daban unos mareos tan extraordinarios que apenas sabía lo que hacía, y después George dijo que también él tenía mareos y apenas sabía lo que hacía. En mi caso, lo que no funcionaba era el hígado. Sabía que el hígado no me funcionaba porque acababa de leer un prospecto de píldoras hepáticas donde se detallaban los diversos síntomas que permiten apercibirse del mal funcionamiento del hígado. Yo los tenía todos.
Aunque parezca realmente extraordinario, jamás he leído un prospecto farmacéutico sin llegar inevitablemente a la conclusión de que padezco de la enfermedad allí descrita, y en su forma más virulenta. El diagnóstico parece coincidir, sin excepción y exactamente, con todas las sensaciones que he sentido alguna vez en la vida.
Recuerdo que un día fui al Museo Británico para leer algo sobre el tratamiento de un ligero achaque que me afectaba... creo que era fiebre del heno. Bajé el libro y leí cuanto tenía que leer; y después, irreflexiblemente, lo hojeé descuidado y empecé a estudiar con indolencia las enfermedades en general. No recuerdo cuál fue la primera dolencia donde me sumergí –sin duda algún temible y devastador azote– pero, antes de haber llegado a la mitad de la lista de «síntomas premonitorios», supe sin lugar a dudas que la había contraído.
Me quedé unos instantes paralizado de horror. Después, con la indiferencia propia de la desesperación, seguí pasando páginas. Llegué a la fiebre tifoidea, leí los síntomas, descubrí que tenía fiebre tifoidea, que debía tenerla desde hacía meses sin saberlo. Me pregunté qué más tendría. Llegué al baile de San Vito; descubrí, como ya esperaba, que también lo tenía. Empecé a interesarme por mi caso y, decidido a investigarlo a fondo, inicié un estudio por orden alfabético. Observé que estaba contrayendo la malaria, cuyo estado crítico sobrevendría en un par de semanas. Constaté aliviado que padecía la enfermedad de Bright sólo en forma benévola y que, en lo que a ello tocaba, me quedaban muchos años de vida. Tenía el cólera, con complicaciones graves, y parece que había nacido con difteria. Recorrí concienzudamente las veintiséis letras para llegar a la conclusión de que la única enfermedad que no padecía era la rodilla de fregona.
Esto me irritó en un primer momento. Parecía, en cierto modo, una especie de menosprecio. ¿Por qué no tenía rodilla de fregona? ¿Por qué tan odiosa salvedad? Al rato, sin embargo, se impusieron sentimientos menos egoístas. Recordé que tenía todas las demás enfermedades conocidas por la farmacología, mi egoísmo cedió y decidí arreglármelas sin rodilla de fregona. Parecía que la gota, en su estadio más maligno, se había apoderado de mí sin que yo me diera cuenta, y era evidente que sufría zimosis desde la más temprana infancia. Después de zimosis no había más enfermedades, por lo que concluí que ya no me ocurría nada más.
Ponderé el asunto. Pensé que debía ser un caso bien interesante desde el punto de vista médico. ¡Menuda adquisición para una clase! Si contaran conmigo, los estudiantes no necesitarían ya hacer práctica hospitalaria. Yo era un hospital en mí mismo. Todo lo que tenían que hacer era dar una vuelta a mi alrededor y después recoger el diploma.
Entonces me pregunté cuánto tiempo me quedaría de vida. Traté de examinarme. Me tomé el pulso. Al principio no sentí ningún pulso. Después, de pronto, me pareció que echaba a andar. Saqué el reloj y lo medí. Ciento cuarenta y siete pulsaciones por minuto. Traté de sentirme el corazón. No sentí el corazón. Había dejado de latir. Con el paso del tiempo he sido inducido a la opinión de que tenía que estar ahí y de que tenía que estar latiendo, pero no puedo asegurarlo. Me palpé todo el frente, desde lo que llamo la cintura hasta la cabeza, un poquito por cada lado y un poquito por la espalda. Pero no oí ni sentí nada. Traté de mirarme la lengua. La saqué todo lo que pude, cerré un ojo y traté de examinarla con el otro. Sólo alcancé a ver la punta, y lo único que saqué en limpio fue convencerme con mayor seguridad que antes de que tenía escarlatina.
Había entrado en aquella sala de lectura caminando como un hombre sano y optimista. Salí arrastrándome, convertido en una ruina decrépita.
Acudí a mi médico. Es un viejo amigo, que me toma el pulso, me mira la lengua y habla del tiempo, sin cobrarme nada, cuando se me mete en la cabeza que estoy enfermo, así que pensé que le haría un favor presentándome en esas condiciones. Lo que necesita un médico, pensé, es práctica. Puede contar conmigo. Conmigo podrá practicar más que con mil setecientos de sus enfermos comunes y corrientes, que no tienen cada uno más de una o dos enfermedades. Así que fui directamente a verle, y me dijo:
–Bueno, ¿qué te pasa?
Yo dije:
–No pretendo malgastar tu tiempo, camarada, contándote lo que me ocurre. La vida es breve, y podrías morir antes de que yo terminase. Pero sí te diré lo que no me pasa. No tengo rodilla de fregona. No puedo decirte por qué no tengo rodilla de fregona, pero el caso es que así es. Tengo, sin embargo, todo lo demás.
Y le conté cómo lo había descubierto.
Me hizo desvestirme y me examinó, me cogió por la muñeca y después me golpeó en el pecho cuando menos lo esperaba –una acción cobarde, en mi opinión– e inmediatamente después me embistió con un lado de la cabeza. Terminado esto, se sentó, escribió una receta la plegó y me la entregó. Me la metí en el bolsillo y me fui.
No la abrí. La llevé a la botica más cercana y la entregué. El boticario la leyó y me la devolvió.
Me dijo que no podía atenderme.
Yo dije:
–¿No es usted farmacéutico?
El dijo:
–Soy farmacéutico. Si fuera una combinación de almacén de cooperativa y hotel de familia quizás podría ayudarle. El ser sólo farmacéutico me lo impide.
Leí la receta. Decía lo siguiente:

1 libra de bistec, con
1 pinta de cerveza amarga cada seis horas
1 paseo de diez millas todas las mañanas.
1 cama a las once en punto de la noche.
Y no te llenes la cabeza de cosas que no entiendes.

Seguí las instrucciones, lo que felizmente –desde mi punto de vista– resultó en la preservación de mi vida, que aún sigue en marcha.
Esta vez, para volver al prospecto de las píldoras para el hígado, tenía inequívocamente todos los síntomas, entre los que destacaba «una general desgana para todo tipo de trabajo».
Nadie podrá comprender jamás lo que sufro en este sentido. Soy un mártir de este síntoma desde la más tierna infancia. De niño, la enfermedad no me dejaba prácticamente un solo día de respiro. Los demás no sabían en aquel tiempo que era un problema de hígado. La ciencia médica estaba considerablemente menos avanzada que ahora, y lo atribuían sencillamente a holgazanería.
–Ah, diablillo remolón –me decían–, levántate y haz algo para ganarte la vida, que ya es hora.
Naturalmente, no sabían que estaba enfermo.
Por la misma razón, no me daban píldoras. Me daban capones. Y, por extraño que parezca, los capones a menudo me curaban... momentáneamente. Sé por experiencia personal que un solo capón actuaba sobre el hígado y me hacía ir de aquí para allá y hacer lo que había que hacer con más velocidad que hoy en día toda una caja de píldoras.
Ya saben, ocurre a menudo. Los remedios sencillos y pasados de moda son a veces más eficaces que todas las porquerías de dispensario.
Pasamos una media hora más describiéndonos mutuamente nuestras respectivas enfermedades. Yo les expliqué a George y a William Harris lo que sentía al levantarme por la mañana y William Harris nos contó cómo se sentía al acostarse. George, puesto en pie sobre la alfombra de la chimenea, hizo una poderosa e inteligente representación, ilustrativa de sus sentimientos nocturnos.
George cree que está enfermo, pero en realidad jamás tiene nada.
En ese momento, la señora Poppets llamó a la puerta para saber si estábamos dispuestos para la cena. Nos dirigimos mútuamente una triste sonrisa y decidimos que probablemente nos sentaría bien tomar un bocado. Harris dijo que echarse algo al estómago era a menudo una forma de mantener la enfermedad bajo control, así que la señora Poppets entró con la bandeja y los demás nos sentamos a la mesa y jugueteamos con un filetito con cebolla y un poco de tarta de ruibarbo.
Creo que ese día yo estaba bastante enfermo, porque, pasada aproximadamente media hora, perdí interés por la comida –cosa rara en mí– y ni siquiera tomé queso.
Cumplidos estos deberes, rellenamos los vasos, encendimos las pipas y reanudamos la discusión sobre nuestro estado de salud. Ninguno de nosotros estaba exactamente seguro de lo que nos pasaba, pero nuestra opinión unánime fue que lo que nos ocurría –fuera lo que fuese– se debía al exceso de trabajo.
–Lo que nos falta es descanso –dijo Harris.
–Descanso y un cambio completo de aires –dijo George–. La gran tensión cerebral que sufrimos ha producido una depresión generalizada en el sistema. Un cambio de ambiente, un lugar donde no haga falta pensar, restauraría nuestro equilibrio mental.
George tiene un primo que los atestados de comisaría describen generalmente como estudiante de medicina, por lo que, como es natural, utiliza expresiones más o menos propias de un médico de cabecera.
–Me mostré de acuerdo con George y sugerí buscar un lugar anticuado y retirado, lejos de las masas enloquecidas, para pasar una soñadora semana en sus soñolientas callejuelas... algún rincón semiolvidado, escondido por las hadas, lejos del mundanal ruido, algún nido de águilas singularmente situado en los acantilados del tiempo, desde el cual el agitado oleaje del siglo XIX resonara lejano e imperceptible.
Harris dijo que eso le parecía deprimente. Dijo que conocía ese tipo de lugares, donde todo el mundo se acostaba a las ocho y no había forma de encontrar un periódico por todo el oro del mundo, aparte de tener que andar diez millas para conseguir tabaco.
–No –dijo Harris–. Si queréis descanso y cambio, no hay nada mejor que un viaje en barco.



3 comments:

José María Palandri said...

Estimado amigo:
He leído este capítulo, me he reído y quiero seguir con la lectura.
Podrías enviarme el resto o decirme donde puedo leerlo?
Cordialmente
José María

Jorge Pérez said...

Estimado d. José María, me alegro de que hayas disfrutado y que te entren ganas de seguir; ese es el objetivo de esta entrada del blog. Con mucho gusto te lo envio por e-mail si quieres y aún no lo has conseguido. Lo tengo en formato pdf pero no recuerdo de dónde lo bajé, asi que si te parece escribeme y te lo mando.

Un cordial saludo.

dani said...

Estimado Jorge Perez:

Yo también estoy buscando este libro, y encontré versiones en PDF en castellano, pero lamentablemente todas llegan sólo al final del capítulo 5, cuando el libro en inglés consta de 19 capítulos.
Si es que tienes guardado el archivo de este libro, y es el que está completo con los 19 cap. a mí me encantaría si me lo enviaras a ch0kl0-arroba-gmail-punto-com (escribirlo con los signos correspondientes)
un saludo y gracias
Daniel