Wednesday, March 17, 2010

El caso Oscar Wilde

Es sabido actualmente, que Oscar Wilde se convirtió definitivamente al catolicismo antes de morir, lo que ha sido demostrado por Joseph Pearce, en su libro Oscar Wilde. La verdad sin máscaras, que además muestra un retrato profundo del genial escritor irlandés, sin esas máscaras propias de su personalidad excéntrica y polémica, y sin las que otros le han ido poniendo después con intereses reivindicativos de todo tipo. Esa conversión, como se ve profundizando en su vida y obra, no fue fruto repentino del momento en que se le acercaba la muerte, sino que se fue madurando durante largo tiempo, en una búsqueda intensa de la fe; una búsqueda estética a través de la belleza, pero no por ello superficial, pues cuando se acercaba su muerte, lo que se llama el "momento de la verdad", acabó por arrepentirse de sus pecados y confesar claramente su fe, quitandose para siempre todas sus máscaras.

Tal como cuenta documentadamente en su libro Joseph Pearce, meses antes de su muerte (30 de noviembre de 1900), visitó Roma y consiguió un pase para la audiencia papal del Domingo de Resurrección, donde recibió la bendición de León XIII. Sin embargo, allí seguía aún con sus ligerezas y una mezcla de piedad y superficialidad extraña. Paseando por Roma, a la que llamó "la única ciudad del alma", tuvo un encuentro con John Gray, quien le inspiró su Dorian Gray, aunque ya en este momento se habían distanciado completamente; John Gray, que se ordenaría sacerdote, paseaba por Roma con un grupo de seminaristas, y al cruzarse con Wilde ni si quiera se saludaron. Después de varios intentos frívolos, Wilde recuperó tras esta visita a Roma su afán de entrar en la Iglesia Católica, por lo que le consultó a su fiel amigo Robert B. Ross, que ya se había convertido. Sin embargo, éste no le tomó en serio.

No obstante, Wilde declaró al Daily Chronicle: "Gran parte de mi oblicuidad moral se debe al hecho de que mi padre no me permitió hacerme católico", y afirma también: "La faceta artística de la Iglesia habría curado mis degeneraciones. Tengo la intención de ser admitido en su seno en breve" (H. Montgomery Hyde, Oscar Wilde: A Biography, Eyre Methuen, Londres, 1976, p. 368, citado por J. Pearce). Poco después de estas declaraciones, Wilde estaba gravemente afectado de meningitis, y volvió a llamar a su amigo Robert Ross, que acudió a París, donde un doctor le informó que no viviría mucho si seguía con su estilo de vida y sus excesos alcohólicos. Wilde no estaba preocupado por morir, sino por no tener tiempo para saldar sus deudas y prepararse bien para ese trance. Aunque Ross no tomó demasiado en serio la situación, Wilde se deterioró rapidamente y pidió a su amigo un sacerdote; Ross le preguntó si era consciente de verdad de lo que quería, y éste le respondía afirmativamente con su mano. Así pues, llegó el padre Cuthbert Dunne, un pasionista natural de Dublin, igual que Wilde. Le administró el bautismo sub conditione y después la extremaunción. El padre Cuthbert Dunne afirmó después: "Por las señales que dio, así como por las palabras que trató de decir, me quedé tranquilo de haber recibido su consentimiento pleno. Y cuando repetí cerca de su oído los nombres sagrados, los actos de contricción, fe, esperanza y caridad, con muestras de humilde resignación a la voluntad de Dios, trató todo el rato de repetir conmigo las palabras" (Rupert Hart-Davis, Letters of Oscar Wilde, p. 857, citado por J. Pearce).

Esta es parte de la historia de su vida, pero como decimos, todo esto tiene perfecto sentido a la luz del conjunto total de su vida y obra, y como muestra, extraemos aquí estos fragmentos de sus dos obras maestras:

De Profundis

“Ni en Esquilo ni en Dante, maestros severos de la ternura, ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas, ni en la totalidad del mito y la leyenda celtas, donde la galanura del mundo se muestra a través de una bruma de lágrimas y la vida de un hombre no es más que la vida de una flor, hay nada que en pura simplicidad de patetismo fundida y unida con sublimidad de efecto trágico pueda ni equipararse ni acercarse siquiera al último acto de la Pasión de Cristo. La parva cena con sus compañeros, de los cuales uno ya le había vendido a un precio; la angustia en el silencioso olivar bajo la luna; el falso amigo que se acerca para entregarle con un beso; el amigo que todavía creía en él, y en quien como sobre una roca había esperado edificar su Casa de Refugio para el Hombre, que le niega cuando el gallo grita al amanecer; su soledad absoluta, su sumisión, su aceptación de todo; y al lado de todo eso, escenas como el sumo sacerdote de la Ortodoxia que se rasga iracundo las vestiduras, y el Magistrado de la Justicia Civil que pide agua con la vana esperanza de limpiarse de esa mancha de sangre inocente que hace de él la figura escarlata de la Historia; la ceremonia de coronación del Dolor, una de las cosas más prodigiosas que haya en toda la crónica de los tiempos; la crucifixión del Inocente ante los ojos de su madre y del discípulo al que amaba; los soldados que se juegan sus ropas a los dados; la terrible muerte con que dio al mundo su símbolo más eterno; y su entierro final en el sepulcro del hombre rico, con el cuerpo envuelto en lino egipcio y especias y perfumes caros como si hubiera sido el hijo de un Rey: cuando se contempla todo eso desde el punto de vista del Arte solamente, no se puede por menos de agradecer que el oficio supremo de la Iglesia sea la representación de la tragedia sin el derramamiento de sangre, la presentación mística mediante diálogo y vestidura y gesto incluso de la Pasión de su Señor, y es siempre una fuente de placer y profundo respeto para mí recordar que la última supervivencia del Coro griego, por lo demás perdido para el arte, se encuentra en el acólito que responde al sacerdote en la Misa.

Y sin embargo la vida de Cristo -tan enteramente pueden Dolor y Belleza ser una sola cosa en su significado y manifestación- es realmente un idilio, aunque acabe con el velo del templo desgarrado, y las tinieblas cubriendo la faz de la tierra, y la piedra rodada a la puerta del sepulcro. Uno siempre piensa en él como un joven novio con sus compañeros, como de hecho él mismo se describe en una ocasión, o un pastor que se pierde por el valle con sus ovejas en busca de prado verde o arroyo fresco, o un cantor que con música intenta alzar los muros de la ciudad de Dios, o un amante para cuyo amor el mundo entero era pequeño. Sus milagros me parecen tan exquisitos como la llegada de la Primavera, e igual de naturales. No encuentro dificultad alguna en creer que fuera tal el encanto de su personalidad que su mera presencia pudiera poner paz en las almas angustiadas, y que los que tocaban su vestido o sus manos se olvidaran de sus dolores; o que, a su paso por el camino de la vida, gente que no había visto nada de los misterios de la vida los viera claramente, y otros que habían sido sordos a toda voz que no fuera la del Placer oyeran por vez primera la voz del Amor y la encontraran tan «musical como el laúd de Apolo»; o que las malas pasiones huyeran ante él, y hombres cuyas vidas embotadas sin imaginación no habían sido sino un modo de muerte se alzaran como del sepulcro a su llamada; o que, cuando enseñaba en la ladera, la multitud se olvidara de su hambre y su sed y los cuidados de este mundo, y que a los amigos que le escuchaban al sentarse a comer la comida grosera les pareciera delicada, y el agua supiera a buen vino, y la casa entera se llenara de la fragancia y la dulzura del nardo.”

“Para mí una de las cosas de la historia que más hay que lamentar es que al renacimiento propio de Cristo, que había dado la catedral de Chartres, el ciclo de las leyendas artúricas, la vida de San Francisco de Asís, el arte de Giotto y la Divina Comedia de Dante, no se le dejara desarrollarse por sus vías, sino que fuera interrumpido y estropeado por el espantoso Renacimiento clásico que nos dio a Petrarca, y los frescos de Rafael, y la arquitectura paladiana, y la tragedia formal francesa, y la catedral de San Pablo, y la poesía de Pope, y todo lo que está hecho desde fuera y con reglas muertas, y no brota de dentro a impulsos de un espíritu que lo informa. Pero dondequiera que haya un movimiento romántico en el Arte, allí de algún modo, y bajo alguna forma, está Cristo, o el alma de Cristo. Está en Romeo y Julieta, en el Cuento de invierno, en la poesía provenzal, en «El marinero de antaño», en «La Belle Dame sans Merci» y en la «Balada de la caridad» de Chatterton.”


El retrato de Dorian Gray

"El diario sacrificio de la misa, más terriblemente real que todos los sacrificios del mundo antiguo, le conmovía tanto por su supremo desprecio del testimonio de los sentidos como por la primitiva simplicidad de sus elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana que trataba de simbolizar. Le gustaba arrodillarse sobre el frío suelo de mármol, y contemplar al sacerdote, con su tiesa casulla floreada, apartar lentamiente con sus manos marfileñas el velo del tabernáculo, y alzar la custodia con la pálida hostia que a veces, a uno le gustaría creer es realmente el panis caelestis, el alimento de los ángeles; o, revestido con los atributos de la pasión de Cristo, partir la sagrada forma y golpearse el pecho para pedir la remisión de todos los pecados."

1 comment:

Anonymous said...

No entiendo bien a qué llama Wilde "reglas muertas". ¿Brunelleschi estaba "muerto" cuando diseñó el Duomo de Florencia? ¿Está muerto un cuadro como "La transfiguración de Cristo" de Rafael? ¿Acaso la búsqueda de los afectos en la música, que puede decirse comienza con Des Prez, es normatividad vacía? Tampoco entiendo del todo esa ligazón entre el romanticismo y la esencia cristiana.