Thursday, July 07, 2005

Hans Pfitzner, el último romántico

Notas biográficas


Nace el 5.5.1869, hijo de un músico alemán, de origen sajón.
1872 Traslado de la familia a Frankfurt am Main.
1886 90 Estudios en el Conservatorio Superior de Música.
Música para "Fest auf Sol haug", de Ibsen (1889).
1892 Profesor en el Conservatorio de Coblenza.
"Der arme Heinrich" (1891-92).
1894 Director de orquesta en el Teatro del Estado de Maguncia.
1897 Traslado a Berlín. Profesor en el Conservatorio Stern.
"Die Rose vom Liebesgarten" (1897 1900).
1903 Director de orquesta en el Teatro del Berlín Occidental'.
Música para "Käthchen von Heilbronn", de Kleist (1905).
1907 Munich. Director de la Or questa "Kaim".
"Christelflein" (1906).
1908 Director musical y director del Conservatorio de Estrasburgo; desde 1910, también director de la ópera.
"Palestrina" (1912 15. Estreno 12 6 1917 en Munich).
1919 Traslado a Unterschondorf, en el lago Ammer.
1920 Director de un curso superior de composición en la Acade­mia Prusiana de las Artes. Berlín, trasladado a Unters­chondorf desde 1921.
"Von deutscher Seele" (1921).
1929 Munich. Profesor en la Acade­mia del Arte Musical.
1930 31 "Das Herz".
1934 Separación del cargo.
1934 45 Años de creación en Munich.
Concierto para violoncelo en sol Pequeña Sinfonía­ -Sinfonía en Do Cuarteto pa­ra cuerda Concierto para vio­loncelo en la menor Sexteto.
1949 Muere el 22 de Mayo.
1.
Hans Pfitzner se ha representado a sí mismo biográficamente dos veces:
En el escrito "Impresiones e Imágenes de mi vida" (1) y en el poema y la música de su "Palestrina".
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(1) "Eindrücke und Bilder meines Lebens". Aparecido en parte en 1946, en edición de Strom, Hamburg Bergedorf (comprendiendo hasta 1898). Segunda parte, dictada en Febrero de 1949, o sea, tres meses antes de su muerte, publicada en 1955 por Hermann Luchterhand, Berlín (extendiéndose hasta 1910 aproximadamente). Una amplia biografía, que sin embargo sólo llega hasta 1933, la escribió Walter Abendroth, publicada por Albert Langen/Georg Müller, Munich 1935.





Hans Pfitzner, un compositor marginado


Un asilo de ancianos en algún lugar de la vasta tierra germánica. Un asilo de ancianos es siempre, allá y aquí, un lugar triste y melancólico; tiene ya algo de cementerio y de miseria, de resignación y de carestia de todo. Estamos en el año 1949, en esa Europa que se arrastra magullada, vendando sus abundantes heridas... Este asilo no es como los demás, algo le diferencia de ellos, o al menos en nuestra historia nos interesa más que los otros: se trata de un anciano, un anciano de 80 años, el cual, aprovechando sus últimas energías, cual si avaricioso quisiera explotarlas hasta en sus más ligeros rescoldos, ensucia aún unas mugrientas hojas, insertando en ellas, signos, notas, temas musicales, comentarios... salen así de esa pluma temblorosa un concierto para violonchelo, un cuarteto, un sexteto de cuerda, y hasta una cantata. "Urworte orphisch" de Goethe.
¿Quién es este, al parecer, compositor solitario, que espera aquí la muerte, abandonado de todo discípulo, de seguidores o escuelas, soportando él mismo su propia y aplastante miseria? "Hans Pfitzner es su nombre", os contestarán a la puerta del asilo; nadie sabe más de él, salvo que se trata de un viejo excéntrico, obsesionado en escribir y escribir... ¿Pero quién es ese Pfitzner, acaso se trata de un pedante, o nos hallamos ante un genio?
¿Qué quién es ese Pfitzner? ¿tan mala memoria tiene ese mismo pueblo que hace tan solo pocos años escuchaba y aplaudía sus obras, representadas en los mejores teatros de la nación, y dirigidas por los más prestigiosos directores del mundo? ¿tan olvidadizo es, que no recuerda el nombre de aquél que llegó a ser, junto a Strauss, una de las más relevantes figuras de la música europea de entreguerras? ¿tan intrascendente es el visitante que no recuerda la fama de un genio aclamado y olvidado en vida?
¿Hans Pfitzner? Sí, ahora creemos recordar... tendríamos que remontarnos a mucho tiempo atrás para seguir sus pasos por este mundo, su lucha, tenaz y mantenida, a la vez que dura y difícil, su convicción al defender sus propias ideas, su exaltación al afirmar sus postulados, sus ataques despiadados contra sus enemigos, la absoluta sinceridad de su carácter, y, ante todo, por encima de todo, la genialidad de su inspiración, capaz de crear una música que el mundo, aún, no ha querido reconocer, pero que no puede ya negar.
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Un breve repaso de los principales hechos de esa azarosa vida nos refrescarán la memoria:
Nació este anciano en Moscú, el 5 de mayo de 1869, hijo de Robert Pfitzner, director de orquesta del Teatro del Estado de Frankfurt (1). La primera formación musical la recibió de su padre, a la vez que estudiaba en el Conservatorio de la misma ciudad. Ya a los veintitrés años, consigue trabajo como profesor en el Conservatorio de Coblenza e inicia la composición de una de sus grandes obras, "Der arme Heinrich" (El pobre Enrique), después de haber creado ya gran número de lieder y musicado "El Festival de Solhang" de Ibsen, así como realizado una obra para contralto coro femenino y orquesta, titulada "Der Blumen Rache". (2)
Un año después, en 1893, obtiene su primer éxito artístico, al ejecutar sus propias obras en un concierto en Berlín. Ello le anima a continuar por el camino emprendido; su reconocido talento musical y literario le vale el segundo puesto de maestro de capilla en el teatro de Maguncia, cargo que merece después del estreno de "Der Arme Heinrich", que había tenido lugar, con éxito. en esta misma ciudad, el año anterior. (3)
Se traslada a Berlín en uno de esos continuos cambios de residencia que serán constante en su vida , donde fue profesor de composición en el "Sternschen Konservatorium". En 1899, contrae matrimonio, circunstancia ésta que influye poderosamente en su vida y su obra, pues que, poco después, animado por sus incipientes triunfos, su favorable situación económica y alentado extraordinariamente por su esposa, empieza a trabajar en "Die Rose von Liebesgarten" (La Rosa del Jardín del Amor), obra que estrenará en Elberfeld en 1901.
La acogida que el público tributa a la nueva obra es más bien fría, y en particular por parte de la crítica, que nunca le sería demasiado favorable. El tema elegido para la obra, un cuento de simple desarrollo (4), sorprende a un auditorio que esperaba otro tipo de desarrollo dramático. Ello no obstante, no cabe duda de que, musicalmente, se trata de la mejor composición de su autor hasta el momento.
Continúa su labor de composición, poniendo música a "Al Käthchen von Heilbronn" de Kleist, y a "Christelflein", de Stach. En esta época se traslada a Strasbourg, como director del Conservatorio del Estado, pasando seguidamente a ser director del teatro de la ópera de dicha ciudad. Durante su labor en este empleo desarrolla una programación de acuerdo con sus ideas estéticas, iniciando ya ahora una lucha artística que le acompañará hasta su muerte, y por la que se verá relegado al olvido en que morirá. Combate duramente a sus enemigos artísticos, Schönberg, Schreker,Weil, Mahler, a numerosos seguidores de estos y a varios impresionistas franceses. Contrario decidido de ciertas tendencias dodecafónicas y atonales, no vacilará en poner todo su empuje al servicio de su ideal artístico, sin pensar en las graves consecuencias que una tan sincera y decidida postura podrían reportarle en el futuro. Ello no obstante, por ahora, su esforzada labor y sus constantes y brillantes trabajos, literarios y musicales, le valen ser nombrado doctor "honoris causa" en filosofía por la Universidad de Strasboug.
En 1917 estrena su ópera más conocida, "Palestrina", dirigida por Bruno Walter (5), quien manifestaría posteriormente su admiración por la obra con estas palabras: "Por muy turbia que nuestra época sea, estoy profundamente convencido de que "Palestrina" quedará. Esta obra posee en sí misma todos los elementos de la inmortalidad".
Pese a la tenaz oposición de sectores musicófilos muy determinados, Pfitzner continúa su tarea, alcanzando un clamoroso éxito con su cantata "Von deutscher Seele", pese a que no resulte ser de lo mejor del compositor. Premios, condecoraciones y distinciones se suceden en esta época, uniéndose a una vida intensamente sentida una prometedora carrera, entristecidas ambas, tan sólo, por la muerte de su esposa acaecida en 1926, y que sume al compositor en un profundo estado de malencolía. Ello no es obstáculo, no obstante para detener su afán de compositor, consiguiendo dar forma a su último gran drama, "Das Herz" (El Corazón), cuyo estrenó constituye un éxito sin precedentes en la carrera del compositor. Podríamos considerar, con toda justicia, el año 1931 como una de las dos fechas más importantes en la vida de Hans Pfitzner: su reciente obra "Das Herz" es estrenada simultáneamente en Berlín y en Munich, alcanzando más de 20 representaciones y siendo dirigida en una y otra ciudad por Wilhelm Furtwängler y Hans Knapperstbusch respectivamente. El hecho de que ambas grandes figuras dirijan, con clamoroso éxito, este último drama, en las dos capitales alemanas, constituye casi como la definitiva consagración de Pfitzner, considerado entonces como figura destacada de la composición alemana, junto a su compatriota Richard Strauss.
La hasta entonces difícil etapa de un autor largamente perseguido y combatido parece apuntar a su fin, para dejar paso a un período de gloria y libertad, en el que la dedicación a la música y a la literatura pueda ser completa, sin trabas ni dificultades. Lejos estaba por aquel entonces, no obstante, el artista, de prever la tristeza de su fin; por aquellos años se limitaba a vivir intensamente la felicidad de ser uno de los compositores más aplaudidos de Alemania.
Pese a la trágica situación que su país atraviesa, sumido en un estado de miseria, de inflación y crisis, con la República de Weimar, pese a los radicales cambios habidos en dicho país en 1933, pese a los profundos trastornos sociales operados por el nuevo régimen y a los graves problemas planteados en esta época, Pfitzner puede vivir momentos de esplendor, que irán en crescendo hasta 1939, la segunda gran fecha de su carrera de compositor.
En este año, Alemania, recuperada de pasadas crisis, superadas las dificultades económicas procedentes y convertida en primerísima potencia mundial, vive en un ambiente artístico destacable; grandes figuras de la composición y la dirección europea del siglo XX disfrutan en estos años del mayor apoyo popular y estatal, dirigiendo o estrenando sus propias obras; podríamos citar, entre otros, a Strauss, Elmendorff, Furtwängler, Böhm, Knappersbusch, Abendroth, Lehar, Kraus, Karajan, etc. cuyos nombres son ya exponente del elevado nivel musical y artístico alcanzado. Justamente el año 1939, en los albores de una nueva conflagración mundial, supone el apogeo de la actividad musical de la Alemania de entreguerras; pero precisamente en ese mismo año cumple Pfitzner los setenta; esta efemérides se celebra de forma solemne por todo el país: los teatros de ópera representan todas las obras del compositor, y las salas de concierto incluyen sus famosos lieder, sus piezas para orquesta de cámara, sus sinfonías o conciertos. El mismo es invitado a dirigir sus propias obras en una u otra ciudad, lo cual no impide a tan ferviente admirador de Wagner a cuyo Parsifal ha dedicado una de sus más bellas obras literarias dirigir las composiciones del Maestro en el bosque de Zoppot, frente a una orquesta de 130 profesores.
Si la Divina Providencia hubiese sido piadosa con él, hubiera hecho coincidir tan señalada fecha, llena de gloria y aplauso popular, con la de su muerte, y entonces se recordaría su figura como la de un compositor aceptado por su época como es raro encontrar. Pero el fin previsto como desenlace a ese cuento que es la vida de cada ser humano era muy distinto.
Empieza la guerra, y con ella la progresiva disminución de actividad musical; pese a ello, continúa componiendo y estrenando nuevas obras, en particular la sinfonía en Do, op. 46, estrenada en 1940, difundida por varios países y que, según creo recordar, también fue estrenada en España. En 1941 da forma a otra importante obra, la cantata "Fons salutifer", op. 48, y en 1942 puede ver estrenada su obra "Palestrina" en Paris (6), con gran éxito. Hasta 1944, sus obras siguen siendo representadas con más o menos asiduidad (7) pero en el advenimiento del fin de la contienda, y la catástrofe subsiguiente, la actividad musical alemana acaba por desaparecer. Pfitzner se traslada a Viena, y posteriormente a Garmish Partenkirchen, y desde estos momentos se inicia la lenta y angustiosa agonía de un anciano que fue compositor famoso como el que más, pero lo cual no le ahorrará un olvido forzoso.
Sus ideas nacionalistas y su decidida oposición a ciertas tendencias dodecafónicas nacidas de la obra de Schönberg, sirvieron para granjearle gran número de enemigos; no parece ser cierto que políticamente tuviese relaciones con el Nacionalsocialismo, pues no se tiene noticia de que perteneciera al partido, si bien, ya en 1923 conoció personalmente a Hitler, cuando éste fue a visitarle en el hospital en que se encontraba enfermo. Si bien otras muchas personalidades de la música, que tuvieron relaciones directas con el Partido Nacionalsocialista, tales como Richard Strauss, Cósima Liszt, directores varios, no sufrieron molestia alguna, bastaron las ideas y escritos de Pfitzner recogidos en cuatro gruesos volúmenes de obras completas, hoy verdaderamente difíciles de conseguir , para sufrir venganza desde 1945. En este año, el compositor tiene 76 de edad, se halla medio ciego, y carece en absoluto de recursos para sobrevivir; no disponía ya ni de lo indispensable, y si puede continuar una lánguida existencia, llena de miserias, ello es debido a los donativos que recibe, por parte de quienes sienten compasión, no por el genio destrozado, sino por el anciano arruinado y débil. Incluso algunos de sus enemigos artísticos acaban enviándole paquetes de comida para evitar que muera de hambre en cualquier calle, como un perro
Así, arrastrándose, viviendo de limosnas de antiguos conocidos, perseguido sin saber por qué, como no fuera por unas ideas y unos desastres que él no había provocado, Pfitzner da con sus huesos destrozados en un asilo de ancianos que piadosamente lo aceptan, y en el que lo hemos hallado al principio de nuestro relato. Allí se resigna a esperar la muerte; allí queda, enterrado en vida, aquél que, diez años antes tan solo, era aplaudido en las salas más importantes de Alemania y cuyas obras interpretaban las orquestas de más renombre. A1 parecer, Pfitzner representaba algo que debía hacerse olvidar, que debía desaparecer; y así fue como ocurrió, su vida se extinguió en la oscuridad, en el anonimato, en el olvido. En realidad, su figura, ya cuarteada por las arrugas y encogida por los años, no era sino la personificación del genio que había tenido la desgracia de vivir en una época que no acepta genios ni individuos sobresalientes e independientes, en una época de resentimientos y venganzas, de odios y crueldades, en una época que asiste y aún hoy día se prolonga al triunfo de los intereses económicos por encima de los puramente espirituales y artísticos, a la victoria de la vulgaridad, al desastre de la inspiración.
Esa inspiración, que es preocupación constante de Pfitzner en sus numerosos escritos, y por la que deberia de pagar caro su orgullo de no querer bajar la cabeza frente a sus enemigos : En una fosa común se habría perdido su cuerpo, totalmente desconocido, si no hubiera sido porque un mes antes de su muerte, con motivo de su 80 aniversario, la ciudad de Salzburg se acuerda del malogrado compositor y se propone suavizar sus últimos años. Pero la promesa de ayuda llega demasiado tarde y Pfitzner muere el 22 de mayo -el mismo día, casual coincidencia, que naciera su compositor más admirado, Ricardo Wagner-, en la misma miseria que le había envuelto en su última época. Pfitzner, el injustamente olvidado, el brutalmente marginado; Pfitzner, el deliberadamente humillado y perseguido, sólo encuentra, como tímida reparación en la tierra a la deuda con él contraída, un humilde, solitario y silencioso entierro que la Orquesta Filarmónica de Viena sufraga, simplemente para evitar que su cuerpo vaya a parar a la fosa común (8)
Desde aquel entonces, hace ya veinticinco años, su cuerpo reposa allí, bajo tierra, y sus partituras descansan, también enterradas, en pesadas carpetas que nadie se atreve a desempolvar. Un silencio absoluto acoge su muerte, y durante años, sus obras son silenciadas en forma absoluta,, tan absoluta, que diríase que jamás existió ese tal Hans Pfitzner que nació en Moscú, que logró renombre universal, y que hemos hallado, agonizante, en un miserable asilo de ancianos austríaco... Pero el tiempo es siempre justo, y lo que el hombre deliberadamente acalla, él lo desentierra al cabo de los años.
Sólo a partir de la década de los setenta, pero cada vez con más intensidad, renace un nuevo interés, por la obra primero, y por la vida después, de un genio que vivió entre nosotros y que ni conocíamos, perdidos en buscar genios de épocas pasadas, y descuidando a los de la nuestra: redescubrimos a Bach, a Telemann o a Albinoni, pero ¿debemos por ello olvidar a los genios del siglo XX? Pfitzner rompe, poco a poco, el hielo con que se le rodeó, y, a pesar de lo escaso de su obra (unos 50 opus), irrumpe ya hoy en dia en la discografía alemana con mayor número de discos todos ellos de muy reciente aparición que, por ejemplo, Pergolesi, Albéniz, Borodin o Massenet. El pasado año, Frankfurt puso en escena su obra magna, "Palestrina", y para este año se preve su representación en Viena, la ciudad bajo cuya tierra descansa; parece, no obstante, que, aun hoy dia, un mal hado le persiga, prolongando su infortunio: así, cuando Keilberth se hallaba preparando, en 1968, una puesta en escena de "El Pobre Enrique", murió repentinamente, mientras dirigía el segundo acto del Tristán. También a Robert Heger se debe un intento fracasado de dar a conocer "La Rosa del Jardín del Amor", cuya grabación fue difundida por muchas emisoras alemanas y extranjeras, perdiendo sin embargo poco después su audiencia.
Podríamos decir que Pfitzner es el anti Haydn o el anti Mozart, en el sentido de que si, para éstos, parece que la composición musical sea tan natural como el agua al pez, en nuestro compositor cada obra debe ser meditada y dificultosamente originada. Sufre él los males de un siglo, y se ve sacudido por los mismos problemas de su tiempo: no hallamos en él esa prolífica actividad musical, casi desenfadada, ni esa radiante felicidad, e incluso intrascendencia, de los compositores de antaño, sino, ante todo, una excesiva meditación, un complejo planteamiento, que da vida a sus obras, no por escasas menos valiosas. La continua lucha que debió mantener para ir logrando el estreno de las mismas, la amarga desazón nacida del constante enfrentamiento a la música ya oficialmente reconocida como la "verdadera" (dodecafonía y tendencias similares), implantada como una nueva academia en toda Europa, debió influir poderosamente en este carácter reconcentrado de su obra, marcando incluso su misma personalidad. Relegado a la oposición durante gran parte de su vida, se mostró infatigable en ésta; revolucionario y luchador nato, su sinceridad compenetró de tal modo ideas y obras con su propia existencia, que su ejemplo resulta difícil de seguir en un mundo como el actual, en el que parecen haber triunfado, al menos a nivel oficial, todas aquellas tendencias que él combatía tan ferozmente. Fiel servidor del arte supremo, jamás se dejó influir por coacciones ni amenazas: Su vida, como su obra, resulta genial.
Esta imagen del compositor solitario y angustiado, amargado por una lucha demasiado dura para dulcificar una vida, lucha que deja, incluso, huellas en su mismo aspecto físico, tiene algo de deje romántico, de posición generosa, de ambiente novelesco. Pero, quizás, lo que aún no se haya intentado todavía es enjuiciar la obra de Pfítzner y hallarle su lugar histórico, su aportación musical. Valgan unas cuantas disgresiones al respecto para cerrar este artículo que, si bien sencillo, es el primero que se publica sobre este compositor en lengua castellana. Riemann afirma, en su historia de la música, que Pfitzner es el único compositor que puede considerarse heredero directo de Wagner, negando incluso tal particularidad a Strauss. Hace poco, en estas mismas páginas, el bajo Martti Talvela, en la entrevista que un colaborador nuestro le hizo en París, nos comentaba que quizá era más a Schumann que a Wagner a quien había tomado como maestro el compositor moscovita. Ambos compositores definen ya un poco las preferencias de nuestro compositor: De Wagner admira sus dramas, a los que intenta hallar continuación; de Schumann, sus ciclos de lieder, en los que también intentará destacar. W. Abendroth, el más importante biógrafo de Pfitzner, escribía hace poco: "Fue la histórica misión de Pfitzner liberar los valores imperecederos del romanticismo del proceso de disolución de la perecedera época romántica". Podríamos calificar a Hans Pfitzner como un romántico, como el último gran romántico, que intentó hallar una salida para la música contemporánea distinta de la que otros compositores, partiendo de idénticas premisas, hallaron desviándose hacia tendencias más atonales. A todo ello cabe añadir su admiración por los pioneros del romanticismo musical alemán, como lo demuestran sus revisiones de "El templario y la judía" y "El Vampiro", de Marschner, o su entusiasmo por "El Cazador Furtivo" de Weber.
La imagen del compositor romántico, volcado sinceramente en su obra, y personificada en esa desesperada locura con que acabarán Wolf o Schumann, es igualmente apicable al paso de Pfitzner por este mundo, una vocanada de aire fresco, de vocación, de sinceridad y de dedicación, hacia esa manifestación tan sublime del hombre que se llama la Música.


José Manuel Infiesta Monterde
( Monsalvat, número 15 )


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1 La familia regresó a Frankfurt al ser contratado el padre como violinista de la Orquesta del Teatro Municipal de dicha ciudad. El padre era hijo del maestro de música Gottfried Pfitzner, y en 1843 había ingresado en el Conservatorio de Leipzig para estudiar violín.
2 Ibsen vivía entonces en Munich; Pfitzner se decidió a viajar para ofrecer personalmente su obra al anciano escritor; al parecer,a la visita fue una desilusión.
3 Pfitzner asumió el cargo de director sin remuneración alguna, sólo por la promesa de estrenar la obra "Der Arme Heinrich".
4 Ver el argumento en la revista "Monsalvat" número 7.
5 Ver "Monsalvat" número 5: "Bruno Walter y el arte de dirigir".
6 Ver la revista "Monsalvat"` núm. 8.
7 Incluso en 1944, se realizaba el estreno de su segundo concierto para violoncelo, a pesar de las vicisitudes de la guerra.
8 Pfitzner descansa en el cementerio de Viena, junto a Beethoven, en el panteón de los que integraron la Orquesta Filarmónica de Viena.
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Fragmentos de algunas obras


-Das Christ-Elflein (El pequeño elfo de Cristo)

El siervo Ruprecht:

¡Ahora niños, oíd atentos. Os voy a contar la historia del Árbol de Navidad. (Se sienta y canta) Cuando Cristo, el Señor glorificado, subió al cielo, llevó consigo los árboles del país que le vio nacer, los que en Getsemaní lo vieron luchar con el dolor, los que fueron sus amigos. Bajo su sombra encontró reposo, sus ramas le dieron consuelo, por ésto los eligió. Las hojas del olivo, el largo tallo de la palmera, el cedro alto y bello, todos se encontraron reunidos ante la esplendorosa presencia del buen Dios. También los discípulos se alegraron al salir de la dura realidad para dirigirse a la eternidad. De esta manera pasaron cientos de años, en esta vida deliciosa, dulce y maravillosa. Pero un día llegó al cielo un simple guerrero, el primero en conocer a Jesús en el país alemán. Cuando vio los árboles extraños, quedó maravillado, nunca los había visto en las cumbres boscosas de su patria. Rápido, se dirigió con paso firme hacia el buen Jesús: "mi Salvador, yo también he sufrido por ti, por ti he muerto. Por ésto te pido: deja que en tu Reino también estén mis abetos alemanes, para que así honres a mi pueblo. En la lejanía luchan mis hermanos por ti, por su excelso Señor, así, pronto llegarán más." El Señor Jesús miró al valiente, sonrió y dijo: "Mucho me gustará que consigas tu abeto. En mi cielo excelso y puro, todos deben ser felices, todos deben estar alegres. Así, desde ahora, cada héroe alemán tendrá su abeto en el cielo y lo verá crecer con orgullo." Y ahora, tú, Viejo de los Abetos haz que desaparezcan las penas, entonad loas y alabanzas, escuchad el final de mi cuento: cada árbol que la mano del hombre corte en los bosques para adornarlo en Navidad, reverdecerá eternamente en el espacio celeste como el árbol alemán amado por el Salvador, para que así todos sean felices. (El Viejo de los Abetos abraza al Siervo Ruprecht)

(Trad. Rosa María Safont)

Palestrina

Borromeo:

Solamente el espíritu artístico en su pureza podrá conseguir la superación de las controversias que nos separan en estos tiempos. Sólo el sentimiento más alto, capaz de elevar el espíritu a lo supremo puede llegar a unirnos, gracias al prodigio de los más hermosos sonidos. Esto está reservado solamente a la obra maestra que resuelva todas las disputas gracias a su forma artística, proclamando la Gloria de Dios con sonidos carentes de todo artificio. Así me fue permitido superar la última oposición enfrentada a mis deseos. Si una tal obra es lograda, -esto es lo que el Papa me transmitió -podremos levantar la condena que amenaza a todo el arte. La forma y estilo de la nueva Misa se convertirán en canon. La composición de esta obra traería consigo la salvación y reforma del arte de los sonidos. (Borromeo, inspirado por su propia alocución, se ha puesto en pie. Palestrina ha hecho lo mismo.) ¡Y sois vos el que debe escribir esta Misa! ¿Quién sino vos sería capaz de unificar inspiración con sentimiento religioso y arte en una sola obra? ¡Animo, Maestro! Cread esta catedral de maravillosos sonidos cual flor nacida de la cruz, para vuestra eterna gloria y salvación de la música en Roma.

6 comments:

gotiquillo said...

Creo en Pfitzner y en su ópera Palestrina. Ahora que ha salido la versión de estudio de Kubelik en el sello Brilliant a precio barato, no hay excusa posible. Igual que los nuevos rectores de Bayreuth apuestan por introducir las óperas juveniles de Wagner en un futruo cercano, no veo nada descabellado incluir el Palestrina como ópera invitada, por lazos de consanguinidad obvios. Es una propuesta decabellada? Si dejamos a un lado el monopolio wagneriano en el festpiele, me parece una idea muy atractiva, aunque no llegue a realizarse.

Jorge Pérez said...

Yo desde hace tiempo tengo la de Orfeo, y me parece que hay alguna otra. Sin duda es un compositor que está aún por redescubrir, aunque vayan editándose grabaciones. Sobre la representación de obras de "espíritu wagneriano" pero no de Wagner en Bayreuth, yo creo que quizá al margen de la época del festival, estaría bien que lo hicieran. Sin embargo, viendo lo que hacen con Wagner, casi mejor que las representaciones posibles de Pfitzner o autores similares, sean en otro sitio. Quizá hayas visto los posts sobre escenografía wagneriana que he puesto hace un tiempo, ahí se ve cómo ha de ser representado Wagner, y no como se representa en su propio teatro, por desgracia...

Saludos.

gotiquillo said...

Lo de la escenografía es un tema complejo, porque yo no creo que una versión ajena a la idea, época o tradición interpretativa de un compositor sea de por sí negativa. Como en todo, lo que cuenta es el talento. Esta tarde he estado viendo la Poppea monteverdiana en la versión de Ponnelle. Ahí se busca un contexto obviamente barroco e historicista. Son los 70 y aquello estaba en su apogeo. Hoy los romanos serían nazis o los dueños de Microsoft, por poner un caso. Pero supongamos otra versión a la wagneriana de Bayreuth de los 50, con ciclorama y desnudez de medios. Acaso iba a ser peor? Yo no lo creo. Otra cosa es la señora Katharina Wagner, o los escenógrafos-galimatías, tan abundantes por desgracia. Yo poseo otro Palestrina de la casa Myto, con Richard Kraus a la dirección y el gran Julius Patzak, con su timbre extraño, pero siempre eficaz. La de Orfeo, no sé si la dirige Heger u otro director. Ha dedicado algún post a Kleist? Me parece una figura interesantíma y por completo heterodoxa dentro de su campo. Igual que Bettina Brentano, otro de mis amores. Saludos, gran blog.

Jorge Pérez said...

La idea de que, por ejemplo, hoy en día los romanos serían los nazis u otra especie de "imperio maligno" en la escenografía, es muy peligrosa por varios motivos. Para Wagner, el mundo romano era tan lejano como para nosotros, y sin embargo, Rienzi era "el último tribuno", y sobre esa idea hizo su obra, ¿por qué empeñarnos en cambiarlo y contradecir sus claras y concisas indicaciones escenográficas (que las dejó bien escritas), además del sentido de la obra? Hay mil formas de ser original dentro de la fidelidad a la obra (basta comparar un Mestres Cabanes con un Schneider-Siemssen o un Wieland Wagner), pero siempre es más difícil que crear alguna extravagancia. ¿Acaso no se llenan los cines con obras de ambientación antigua o medieval? Nunca he entendido ese concepto de "actualizar", como si en el s. XXI nadie entendiera una película de romanos, por seguir con el ejemplo... Puede haber representaciones más modestas, otras con más medios, unas más innovadoras en cuanto a los medios (Schneider-Siemssen), otras más rústicas (Mestres Cabanes), pero lo que no se puede es manipular y transformar de forma caprichosa la obra de los grandes autores.
La versión de Orfeo de "Palestrina" está dirigida por Joseph Keilberth. La verdad es que Kleist es un autor que nunca he leído. Muchas gracias por visitar el blog y por tus comentarios. Saludos cordiales.

Maria José Martín -Velasco said...

El viernes pusieron un estracto de una pieza en tv2. Nunca había oído nada de él. ¿qué me recomendais?

Jorge Pérez said...

"Palestrina" es sin duda su gran obra maestra, pero a mí me gusta mucho también otra ópera suya que se llama "Das Christelflein" ("El pequeño elfo de Cristo", yo tengo la versión de Orfeo), una obra realmente preciosa. Igualmente tiene lieder geniales.

Gracias por visitar el blog y un cordial saludo.